19/06/2005

Nadie hablará de nosotros, los gatos, cuando hayamos muerto

Esplendornarelva

Pintura de Ana Duarte de Almeida


Mondrian, el gato más veterano del Barrio, falleció esta mañana.
Cuando, anoche, la veterinaria que se ocupa del binestar de los gatos libertarios del tejado, recogió al viejo gato pelirrojo, todos supimos que el ciclo biológico de nuestro compañero tocaba a rebato. Una peritonitis infecciosa -azote cotidiano en este nuestro tejado y aún en otros- convirtió al hasta entonces guerrero Mondrian en una masa doliente y deshidratada cuyos únicos signos vitales lo constituían los movimientos espasmódicos de su inquieta respiración.

Esta mañana, digo, la veterinaria se asomó a la ventana -la que da junto a mi atalaya-, justo encima de la chimenea de ladrillos rojizos donde solemos sestear los felinos.. Miré los ojos de ella y descubrí una lágrima rezagada. Fui hasta su alféizar y me acurruqué contra su cuerpo.
-No ha sufrido-, dijo.

Giré la cabeza hacia el interior de la habitación. Sobre la mesa, encima de dos cojines de colores, yacía Mondrian; a su lado, una jeringuilla era el único vestigio de la íntima lucha interior de quien, durante semanas, había apostado por la vida de un gato y no había tenido más remedio que claudicar ante su muerte.

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